La rebeldía de construir
La historia no la escriben los que gritan más fuerte, sino los que se organizan mejor. Hoy, frente a nuestros ojos, una generación entera está redefiniendo la manera de entender el poder, el futuro y el sentido colectivo: la Generación Z, nacida entre 1995 y 2010. Son jóvenes que crecieron en un mundo hiperdigital, sin barreras de información, con una conciencia global que ninguna generación previa tuvo. Pero, al mismo tiempo, viven inmersos en una paradoja: quieren cambiarlo todo, pero no creen en los mecanismos que existen para lograrlo.
Y esa desconfianza tiene consecuencias concretas. En América Latina y el Caribe la tasa de desempleo juvenil ronda hoy el 13.8 %. Casi la mitad de los trabajadores —jóvenes incluidos— labora bajo condiciones informales: sin contrato, prestaciones, seguridad social. El futuro laboral se ve incierto, dominado por la precariedad. Muchos jóvenes subsisten en economía informal, economía “gig”, empleos temporales, trabajos de baja protección. Eso genera desconfianza, frustración, incertidumbre existencial.
Por otro lado, el mercado laboral se está transformando: se proyecta que para 2030, 7 de cada 10 jóvenes latinoamericanos trabajarán en el sector servicios: comercio, turismo, tecnología, servicios especializados. Existe un espacio real para empleo moderno —pero solo si hay instituciones, estructura productiva, reglas claras. Donde esas instituciones no existen o están debilitadas, se reproduce la informalidad, la desigualdad, el estancamiento.
En contraste, en países con instituciones relativamente fuertes, los jóvenes tienen más oportunidades: empleo formal, salarios dignos, seguridad social, movilidad social. Mientras que en naciones con debilidad institucional, la juventud queda atrapada en ciclos de desempleo, migración, precariedad. Esa brecha —en oportunidades, en estabilidad, en futuro— no es casualidad: es producto de la ausencia de arquitectura institucional.
Aquí radica la urgencia: la juventud no necesita remover el piso, necesita reconstruirlo. No basta con criticar lo ineficiente; hace falta diseñar desde cero nuevas instituciones —instituciones hechas por y para ellos— con reglas claras, apertura, meritocracia, transparencia, adaptadas a su realidad digital, global, cambiante. Instituciones que respeten sus tiempos, su forma de pensar, su necesidad de sentido, su hambre de futuro.
Porque si la Generación Z no ocupa los espacios vacíos, otros lo harán por ella. Si no entran a las instituciones, si no las reconstruyen, si no las reinventan con su energía, podrán seguir protestando —pero nunca gobernarán. Podrán crear memes, gritar consignas, denunciar injusticias; pero no obtendrán paz social, estabilidad, desarrollo real.
La rebelión más radical ya no está en quemar paredes. Está en levantarlas. En abrir puertas, en construir mesas, en firmar pactos, en organizar, en instituir. Ese es el acto más subversivo: dar forma al mañana.
¡El futuro no se espera, se construye desde hoy!
¡El éxito no se improvisa, se entrena todos los días!
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